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¿Alguna vez has tenido un pensamiento que se repite una y otra vez, hasta el punto de sentir que no puedes dejar de creer en él?
«No soy suficiente».
«Seguro algo malo va a pasar».
«Si me siento así, es porque realmente estoy mal».
«No puedo manejar esto».
A veces, nuestros pensamientos adquieren tanta fuerza que dejamos de experimentarlos como eventos mentales y comenzamos a tratarlos como hechos. No cuestionamos lo que dicen, actuamos en función de ellos y terminamos organizando nuestra vida alrededor de aquello que nuestra mente nos cuenta.
Pero ¿qué pasaría si pudieras aprender a relacionarte con tus pensamientos de una manera diferente, sin tener que luchar contra ellos, eliminarlos o creer automáticamente en todo lo que dicen?
Aquí es donde encontramos una herramienta fundamental de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT): la defusión cognitiva.
En este artículo exploraremos qué es, cómo funciona, por qué puede ser útil y cómo empezar a practicarla en tu vida cotidiana.
La defusión cognitiva es un proceso psicológico que busca modificar la manera en que nos relacionamos con nuestros pensamientos, disminuyendo la tendencia a tomarlos literalmente o a identificarnos completamente con ellos.
Es una de las estrategias centrales de la Terapia de Aceptación y Compromiso, desarrollada dentro del enfoque de las terapias conductuales contextuales.
Desde esta perspectiva, el objetivo no es conseguir que desaparezcan los pensamientos desagradables, sino desarrollar una relación más flexible con ellos, de modo que podamos actuar de acuerdo con nuestros valores, incluso cuando aparecen experiencias internas difíciles (Hayes et al., 2012).
Imagina que tu mente te dice:
«No soy capaz de enfrentar esta situación».
Cuando estás fusionado con ese pensamiento, puede sentirse como una descripción objetiva de tus capacidades. Quizás evitas la situación, abandonas un proyecto o renuncias antes de intentarlo.
Desde la defusión cognitiva, puedes aprender a reconocer:
«Estoy teniendo el pensamiento de que no soy capaz de enfrentar esta situación».
El contenido del pensamiento no ha desaparecido. Sin embargo, cambia la manera en que te relacionas con él.
No se trata de convencerte de que eres capaz. Se trata de reconocer que un pensamiento es un evento mental y no necesariamente una instrucción que debes seguir.
Para comprender la defusión, primero necesitamos entender su concepto complementario: la fusión cognitiva.
En ACT, la fusión cognitiva describe una relación en la que el comportamiento queda excesivamente influido por el contenido y la función de los eventos privados, como pensamientos, recuerdos o evaluaciones.
En términos cotidianos, ocurre cuando nos enredamos con nuestra experiencia mental y perdemos flexibilidad para responder a lo que está sucediendo en el presente (Hayes et al., 2012).
Imagina que una persona piensa:
«Mi pareja no me respondió porque ya no le importo».
Ese pensamiento puede generar ansiedad, tristeza o enojo. Si la persona lo interpreta como un hecho confirmado, podría comenzar a reclamar, revisar constantemente el teléfono o distanciarse emocionalmente.
Sin embargo, existen otras posibilidades: su pareja podría estar ocupada, no haber visto el mensaje o estar atravesando una situación personal.
La dificultad no está necesariamente en que el pensamiento aparezca, sino en la manera en que ese pensamiento comienza a dirigir la conducta sin que la persona considere otras posibilidades.
Esto no significa que todas las interpretaciones alternativas sean correctas ni que debamos ignorar señales reales en una relación. Significa que podemos aprender a distinguir entre lo que pensamos, lo que sabemos y lo que todavía no conocemos.
La fusión cognitiva no es un defecto personal. La capacidad de generar pensamientos, anticipar situaciones, evaluar riesgos y construir explicaciones forma parte del funcionamiento humano.
Nuestra mente intenta dar sentido a lo que experimentamos y, en ocasiones, sus conclusiones se vuelven muy convincentes.
Cuando hemos vivido experiencias dolorosas, podemos desarrollar una mayor tendencia a anticipar resultados negativos.
Por ejemplo:
«La última vez que confié en alguien me lastimaron. Seguramente volverá a pasar».
Este pensamiento puede parecer una forma de protección. Sin embargo, si determina que nunca vuelvas a confiar, podría limitar tus oportunidades de establecer relaciones significativas.
Un pensamiento que aparece con mucha fuerza emocional puede sentirse más verdadero.
Pero la intensidad de una experiencia interna no constituye, por sí sola, evidencia de que su contenido sea correcto.
Puedes sentir una certeza profunda de que algo saldrá mal y, aun así, estar ante una predicción que no se ha confirmado.
Es frecuente que intentemos eliminar pensamientos incómodos mediante la distracción constante, la búsqueda de seguridad o la discusión mental.
Aunque algunas estrategias pueden ser útiles en determinados contextos, la lucha rígida por controlar todo lo que pensamos puede aumentar la atención que dedicamos a esos pensamientos.
La ACT propone trabajar hacia una mayor flexibilidad psicológica, en lugar de convertir la desaparición de pensamientos desagradables en una condición necesaria para vivir (Hayes et al., 2012).
En ocasiones, cuando hablamos de trabajar con pensamientos negativos, se asume que la solución consiste en reemplazarlos por pensamientos positivos.
Por ejemplo:
«Soy un fracaso» → «Soy una persona maravillosa».
«No puedo con esto» → «Puedo con absolutamente todo».
«Me van a rechazar» → «Todo saldrá perfecto».
Aunque cuestionar pensamientos y desarrollar interpretaciones más equilibradas puede ser útil dentro de la Terapia Cognitivo-Conductual, la defusión cognitiva persigue un objetivo diferente: cambiar la relación con el pensamiento, no necesariamente cambiar su contenido.
Puedes experimentar el pensamiento «no soy suficiente» y aprender a observarlo sin tener que demostrarte inmediatamente lo contrario.
Esto es importante porque algunos pensamientos no desaparecen simplemente porque intentemos reemplazarlos. Además, exigirnos pensar de manera positiva constantemente puede convertirse en otra forma de lucha contra nuestra experiencia interna.
La defusión ofrece una alternativa: permitir que el pensamiento esté presente sin concederle automáticamente el control de nuestras decisiones (Hayes et al., 2012).
La defusión se trabaja mediante ejercicios experienciales que ayudan a observar los pensamientos como eventos mentales.
No basta con comprender la definición intelectualmente. La práctica consiste en experimentar qué sucede cuando tomamos cierta distancia del contenido de nuestra mente.
A continuación, encontrarás algunas estrategias utilizadas en ACT.
Esta es una de las prácticas más conocidas de defusión.
Cuando aparece un pensamiento difícil, puedes formularlo de la siguiente manera:
En lugar de:
«No voy a poder manejar esta situación».
Prueba con:
«Estoy teniendo el pensamiento de que no voy a poder manejar esta situación».
¿Qué cambia?
La situación externa sigue siendo la misma. El pensamiento también puede continuar presente.
Sin embargo, la segunda formulación introduce una distinción entre tú y el contenido de tu pensamiento.
No estás negando lo que piensas. Estás reconociendo que estás experimentando un pensamiento.
Ejercicio práctico:
Identifica un pensamiento que te genere malestar.
Escríbelo tal como aparece en tu mente.
Anteponle la frase: «Estoy teniendo el pensamiento de que...».
Observa qué sucede con tu experiencia emocional y tu disposición a actuar.
No necesitas sentir alivio inmediato ni conseguir que el pensamiento desaparezca. El propósito es practicar una relación más flexible con él.
Nuestra mente suele repetir determinados relatos:
La historia de que no somos suficientes.
La historia de que siempre terminaremos decepcionados.
La historia de que necesitamos controlar todo.
La historia de que no podemos tolerar el malestar.
La historia de que debemos agradar a los demás.
En lugar de debatir cada afirmación, puedes reconocer:
«Mi mente está contando la historia de que necesito tener todo bajo control».
Esta práctica no pretende invalidar las preocupaciones reales. Busca ayudarte a reconocer los patrones narrativos que pueden influir en tu conducta.
Por ejemplo, si tu mente cuenta la historia de que cualquier error significa que eres incompetente, podrías comenzar a evitar retos o situaciones donde exista la posibilidad de equivocarte.
Identificar esa historia puede abrir un espacio para preguntarte:
¿Qué quiero hacer en este momento, incluso si esta historia sigue apareciendo?
Una práctica de mindfulness consiste en observar los pensamientos sin intentar controlarlos o seguirlos automáticamente.
Puedes imaginar que estás sentada junto a un río y que cada pensamiento es una hoja que pasa sobre el agua.
No necesitas detener la hoja, perseguirla ni hacer que desaparezca.
Simplemente reconoces que está ahí y permites que continúe su recorrido.
Esta metáfora puede facilitar una actitud de observación, aunque es importante recordar que las imágenes y los ejercicios son herramientas de práctica, no garantías de que los pensamientos dejarán de aparecer.
La investigación sobre componentes de ACT ha encontrado efectos positivos de ejercicios de defusión en estudios experimentales, aunque estos resultados no significan que una técnica aislada constituya un tratamiento suficiente para todos los problemas psicológicos (Levin et al., 2012).
Comprender un concepto psicológico puede ser sencillo. Aplicarlo cuando estamos experimentando emociones intensas suele ser más desafiante.
Veamos algunos ejemplos.
Pensamiento:
«Si voy a esa reunión, seguramente haré el ridículo».
Fusión cognitiva:
La persona interpreta la predicción como una amenaza prácticamente confirmada y decide no asistir.
Posible práctica de defusión:
«Estoy teniendo el pensamiento de que haré el ridículo».
Después, puede preguntarse:
¿Qué sé realmente sobre lo que ocurrirá?
¿Qué estoy intentando evitar?
¿Qué acción sería importante para mí, aunque sienta ansiedad?
La defusión no exige asistir a la reunión ni ignorar riesgos legítimos. Ayuda a ampliar el espacio de decisión.
Pensamiento:
«Soy una mala madre porque hoy perdí la paciencia».
Fusión cognitiva:
La persona convierte un episodio específico en una conclusión global sobre su identidad y puede quedar atrapada en la culpa.
Posible práctica de defusión:
«Estoy teniendo el pensamiento de que soy una mala madre».
Esto permite diferenciar entre una conducta concreta que puede revisarse y una etiqueta global sobre el propio valor.
A partir de ahí, podrían explorarse preguntas como:
¿Qué ocurrió antes de perder la paciencia?
¿Qué puedo reparar o hacer de manera diferente?
¿Qué tipo de madre quiero ser en situaciones difíciles?
La defusión no elimina la responsabilidad. Puede facilitar una respuesta menos dominada por la autocrítica y más orientada a acciones significativas.
Pensamiento:
«Si no me responde, significa que ya no le importo».
Fusión cognitiva:
La persona actúa como si la interpretación estuviera confirmada, quizá mediante reclamos, comprobaciones o distanciamiento.
Posible práctica de defusión:
«Estoy teniendo la interpretación de que no le importo porque no me ha respondido».
Después, puede distinguir entre el hecho observable y la explicación que ha construido.
Esto no implica que deba ignorar patrones de indiferencia o maltrato. Si existen conductas problemáticas en una relación, también es importante reconocerlas y establecer límites.
La defusión puede ayudar a evitar que una interpretación automática sea el único elemento que determine la respuesta.
La defusión es un proceso central dentro del modelo de flexibilidad psicológica de ACT. Sin embargo, es importante diferenciar la fundamentación teórica de la evidencia empírica específica sobre su eficacia.
Levin et al. (2012) realizaron un metaanálisis de 66 estudios experimentales sobre componentes relacionados con el modelo de flexibilidad psicológica.
Encontraron efectos positivos de condiciones que trabajaban la defusión, entre otros procesos, frente a condiciones inactivas. Los autores también señalaron limitaciones relacionadas con el tipo de estudios y la necesidad de continuar investigando los mecanismos de cambio.
Estos resultados respaldan la utilidad de estudiar la defusión como un proceso psicológico, pero no permiten concluir que cualquier ejercicio de defusión sea eficaz para todas las personas o dificultades clínicas.
Forman et al. (2012) analizaron mecanismos de cambio en personas con ansiedad o depresión que recibieron ACT o Terapia Cognitiva.
Sus resultados indicaron que la defusión cognitiva se relacionó con los resultados terapéuticos en ambos tratamientos, lo que sugiere que este proceso no necesariamente es exclusivo de ACT.
Este hallazgo es clínicamente relevante: las estrategias de relación con los pensamientos pueden formar parte de diferentes intervenciones psicológicas, sin que debamos asumir que pertenecen exclusivamente a un único modelo terapéutico.
Una revisión sistemática y metaanálisis de 34 ensayos clínicos aleatorizados examinó los efectos de ACT administrada por internet sobre distintos procesos psicológicos.
Los autores encontraron un efecto pequeño sobre la defusión cognitiva inmediatamente después de la intervención, en comparación con controles pasivos. La evidencia sobre los resultados en el seguimiento fue más limitada (Pots et al., 2022).
Esto invita a interpretar los resultados con prudencia: la investigación respalda el estudio de la defusión, pero aún es necesario seguir explorando cómo, cuándo y para quién resulta más útil.
Es importante no confundir defusión cognitiva con supresión emocional.
Cuando aprendemos a observar un pensamiento, no significa que dejemos de sentir tristeza, miedo, rabia o ansiedad.
Puedes reconocer:
«Estoy teniendo el pensamiento de que no voy a soportar esta tristeza».
Y, al mismo tiempo, experimentar tristeza.
La práctica consiste en desarrollar la capacidad de permanecer en contacto con tu experiencia sin que el pensamiento determine automáticamente lo que haces.
En ACT, esto se relaciona con la aceptación y la acción comprometida: poder abrirse a las experiencias internas y continuar actuando en dirección a lo que es importante (Hayes et al., 2012).
No necesitas sentirte bien para comenzar a actuar de acuerdo con tus valores.
No existe una única señal que permita identificar la fusión cognitiva. Sin embargo, puedes observar algunas tendencias:
Tratar una interpretación como si fuera un hecho confirmado.
Sentir que debes actuar inmediatamente para responder a un pensamiento.
Evitar situaciones importantes porque tu mente anticipa un resultado negativo.
Considerar una emoción intensa como prueba de que algo es necesariamente cierto.
Tener dificultades para contemplar otras posibilidades cuando aparece una idea amenazante.
Sentir que no puedes continuar con una actividad hasta resolver completamente lo que estás pensando.
Estas experiencias no constituyen por sí mismas un diagnóstico clínico. Pueden presentarse en distintos grados y contextos.
La pregunta no es si alguna vez has experimentado fusión cognitiva, sino si la relación que tienes con tus pensamientos está limitando de manera significativa tu capacidad de responder con flexibilidad.
Aunque ACT y la Terapia Cognitivo-Conductual comparten antecedentes y pueden utilizar estrategias relacionadas con los pensamientos, no son enfoques idénticos.
En la TCC tradicional, algunas intervenciones se orientan a identificar, evaluar y modificar pensamientos disfuncionales, especialmente cuando existen interpretaciones sesgadas que contribuyen al malestar.
En ACT, la defusión pone el énfasis en modificar la función y la influencia de los pensamientos sobre la conducta, sin que sea necesario establecer que su contenido es falso o reemplazarlo por una interpretación más positiva (Hayes et al., 2012).
Esto no significa que un enfoque sea aplicable a todas las personas o que las estrategias deban utilizarse de forma excluyente.
De hecho, investigaciones sobre mecanismos de cambio han encontrado que procesos relacionados con la defusión pueden intervenir en los resultados tanto de ACT como de la Terapia Cognitiva (Forman et al., 2012).
En la práctica clínica, la selección de estrategias debe responder a la formulación del caso, los objetivos terapéuticos y las necesidades de cada persona.
Te propongo una práctica breve de autoobservación.
Puedes realizarla durante unos minutos, en un momento relativamente tranquilo.
Elige un pensamiento que aparezca con frecuencia y que influya en tu comportamiento.
Por ejemplo:
«No puedo equivocarme porque los demás dejarán de valorarme».
Repite mentalmente:
«Estoy teniendo el pensamiento de que no puedo equivocarme porque los demás dejarán de valorarme».
Observa si puedes reconocerlo como una experiencia mental, sin exigirte modificarlo.
Pregúntate:
¿Qué siento cuando aparece este pensamiento?
¿Qué hago o dejo de hacer cuando lo creo?
¿Qué situaciones estoy evitando?
¿Qué consecuencias tiene seguirlo automáticamente?
Pregúntate:
«Si este pensamiento estuviera presente, ¿qué acción pequeña podría realizar que fuera importante para mí?».
Quizás sea participar en una reunión, expresar una opinión, pedir ayuda o intentar algo nuevo.
La acción debe ser realista y compatible con tus circunstancias.
El objetivo no es conseguir que el pensamiento desaparezca ni obligarte a actuar de una manera determinada.
Se trata de practicar la capacidad de observar lo que ocurre en tu mente y elegir una respuesta con mayor conciencia.
Si la práctica genera un malestar intenso o se relaciona con experiencias traumáticas, puede ser conveniente realizarla con acompañamiento profesional.
Algunos pensamientos contienen información relevante o identifican problemas reales.
La defusión no exige descartar esa información. Permite examinarla sin asumir que cada pensamiento constituye una verdad absoluta.
Aceptar la presencia de una emoción o un pensamiento no equivale a aceptar el maltrato, la violencia o la vulneración de tus derechos.
Puedes reconocer el miedo y, al mismo tiempo, buscar protección y establecer límites.
La reflexión y la resolución de problemas pueden ser útiles.
La dificultad aparece cuando el análisis se convierte en una actividad rígida que desplaza continuamente acciones importantes o mantiene un ciclo de preocupación.
Las herramientas de ACT pueden integrarse en procesos psicoterapéuticos, pero su aplicación debe considerar el contexto clínico, los objetivos y las necesidades de cada persona.
La defusión es una habilidad que se entrena, no una obligación de mantener la calma o controlar la mente en todo momento.
En un proceso terapéutico, la defusión no se aborda únicamente como una técnica aislada.
Puede integrarse dentro de una formulación clínica que explore:
Los pensamientos que generan malestar.
Las conductas de evitación o control.
Las consecuencias de actuar bajo la influencia rígida de determinados pensamientos.
Los valores y objetivos de la persona.
Las condiciones que facilitan o dificultan una respuesta flexible.
Por ejemplo, una persona que evita establecer relaciones por temor a ser rechazada podría trabajar en terapia la identificación de sus pensamientos, la tolerancia a la incertidumbre, la exposición a situaciones relevantes y el desarrollo de acciones coherentes con sus valores.
La intervención no tendría que limitarse a enseñarle a decir «estoy teniendo el pensamiento de que me rechazarán». Esa frase puede ser un recurso, pero su utilidad depende de cómo se integre en el proceso terapéutico.
La evidencia sobre los mecanismos de ACT continúa desarrollándose. Las revisiones y los estudios experimentales aportan información valiosa, pero no justifican presentar la defusión como una solución universal o independiente de otros procesos terapéuticos (Levin et al., 2012; Han & Kim, 2022).
Quizás llevas mucho tiempo intentando cambiar determinados pensamientos.
Quizás has discutido con tu mente, has intentado encontrar explicaciones, has buscado certezas o te has exigido sentirte diferente antes de tomar una decisión.
Y es posible que, en algunos momentos, el problema no haya sido únicamente lo que pensabas, sino el lugar que esos pensamientos comenzaron a ocupar en tu vida.
La defusión cognitiva nos invita a practicar una relación diferente con nuestra experiencia interna.
No se trata de dejar de pensar.
No se trata de sentir menos.
No se trata de convencerte de que todo estará bien.
Se trata de aprender a reconocer que puedes tener un pensamiento sin convertirte en él, y que puedes experimentar una emoción sin permitir que determine automáticamente todas tus acciones.
Porque incluso cuando tu mente cuenta historias difíciles, todavía puedes preguntarte:
¿Qué tipo de persona quiero ser y qué acción puedo realizar en dirección a lo que realmente importa para mí?
La respuesta no siempre será sencilla. Y no tienes que encontrarla de una vez.
La flexibilidad psicológica se construye mediante la práctica, el contexto y la disposición a relacionarnos de otra manera con nuestras experiencias internas.
No. Su objetivo es modificar la relación con los pensamientos y reducir su influencia rígida sobre la conducta. Los pensamientos pueden continuar apareciendo.
Puede ser una herramienta útil para trabajar la relación con pensamientos relacionados con la ansiedad. Sin embargo, su aplicación debe adaptarse a las necesidades individuales y no sustituye una evaluación o un tratamiento profesional cuando son necesarios.
La distracción busca dirigir la atención hacia otra actividad. La defusión consiste en observar los pensamientos de una manera diferente, sin que necesariamente sea necesario apartar la atención de ellos.
No necesariamente. Es un proceso dentro del modelo ACT y puede combinarse con otras intervenciones según la formulación clínica y los objetivos terapéuticos.
Referencias en formato APA 7.ª edición.
Forman, E. M., Chapman, A. L., Strain, M. C., Bitran, S., Elwood, L. S., & Herbert, J. D. (2012). Using session-by-session measurement to compare mechanisms of action for acceptance and commitment therapy and cognitive therapy. Behavior Therapy, 43(2), 341–354. https://doi.org/10.1016/j.beth.2011.07.004
Han, A., & Kim, T. H. (2022). The effects of internet-based acceptance and commitment therapy on process measures: Systematic review and meta-analysis. Journal of Medical Internet Research, 24(8), e39182. https://doi.org/10.2196/39182
Hayes, S. C., Pistorello, J., & Levin, M. E. (2012). Acceptance and commitment therapy as a unified model of behavior change. The Counseling Psychologist, 40(7), 976–1002. https://doi.org/10.1177/0011000012460836
Levin, M. E., Hildebrandt, M. J., Lillis, J., & Hayes, S. C. (2012). The impact of treatment components suggested by the psychological flexibility model: A meta-analysis of laboratory-based component studies. Behavior Therapy, 43(4), 741–756. https://doi.org/10.1016/j.beth.2012.05.003